En este post quiero contarte cómo viví el bullying que sufrí en mi infancia, cómo fue mi adolescencia, y las secuelas que sufrí siendo adulta.

El bullying en mi propia piel.

 

Mis primeros años de colegio.

No recuerdo exactamente cuándo empezó todo, pero mi primer recuerdo es de un día de colegio sobre 1991, con 7 años. Yo estaba en el recreo jugando a defender al niño del que todos se burlaban. Unos niños le estaban molestando y yo intentaba que le dejaran tranquilo. Mientras el resto de niñas, jugaba a maquillarse y a bailar. Me acerqué a ellas y me dijeron que hiciese lo mismo que ellas y como a mí no me apetecía, me di la vuelta y seguí jugando a mi aire.

Era una niña normal, en clase era aplicada y los estudios se me daban bastante bien. Físicamente no tenía nada destacable que pudiera atraer las burlas de mis compañeros. Era alegre y parlanchina. Me gustaba mucho bailar y la gimnasia rítmica.

Hasta hace muy poco no he sabido porque razón ejercieron bullying sobre mí.

Antes de sufrir bullying

Cuando todo empezó a complicarse.

Lo primero que recuerdo son insultos en el patio del colegio, el sentirme sola y no saber en qué grupo integrarme. Siempre acababa en compañía de una o como mucho dos niñas. Ellas eran mis mejores amigas hasta que se unían al grupo de quien me insultaba.

Con el paso del tiempo todo fue empeorando, yo me refugiaba aprendiendo y haciendo las cosas que me gustaban. Los insultos continuaban, de vez en cuando alguien me pegaba, o cuando ya no podía más le pegaba yo,defendiéndome de los insultos. Tener que defenderme me hacía sentir muy mal y yo lo utilizaba solo como último recurso.

El acoso fue aumentando y llegó un momento, un par de años después, donde empecé a suspender. Mis padres no entendían el porqué, incluso me llevaron al oculista para comprobar si no veía bien y ese era el motivo. Pero nada de eso…

Siempre he sido una persona muy comunicativa, y he contado todo en casa. No obstante, en aquellos tiempos donde el bullying no tenía nombre, imagino que fue difícil darse cuenta de la envergadura que estaba tomando el asunto.

 

Los peores meses de sufrimiento.

Ya en 4º de primaria el maltrato empezó darse fuera del colegio.  En varias ocasiones recorrí todo el camino a casa, acompañada de 10 o 12 niños y niñas insultándome y pegándome. Agachaba la cabeza y corría para llegar lo antes posible. Cuando llegaba a casa y llamaba el timbre gritaban, pero cuando mi madre bajaba corriendo solo quedaba yo hecha pedazos.

 

La ayuda que recibí

Mis padres hablaron con profesores e intentaron seguir todas las pautas que les dieron, que al final serían inútiles. La psicóloga del colegio utilizó conmigo distintas técnicas, que no estoy segura si sirvieron para algo, o simplemente para hacerme sentir peor.

Primero, me recomendó que saliera al patio tranquilamente y me sentara sola en un banco, y si alguien me insultaba apuntara el insulto en una hoja. No debía responder ni a hacer nada más que dejarme insultar, recuerdo sus palabras textuales “poner la otra mejilla”. Luego debía buscar el significado del insulto y comprobar si yo era aquello que me llamaban.

Si no soportaba esa opción, el plan B que me propuso era quedarme en clase sola leyendo y no salir al patio.

Un día  tuve que decirle a la psicóloga cada persona que me hacía daño. Los puso a todos en un círculo a mi alrededor, y cada uno me explicaba las razones por las que estaban  en contra de mí. Muchos motivos eran tonterías, y otros inventados. Sin entender nada, tuve que pedir perdón a cada uno de mis compañeros por lo que me exigían, para que ellos prometieran no volverme a maltratar. El día siguiente continuaron las agresiones y nadie hizo nada más para ayudarme.

 

Buscando otras soluciones.

Los insultos continuaban en el colegio, al salir del colegio además los acompañaban de agresiones, y yo sin entender qué hacía mal, y sin saber qué hacer.

Llegué a maltratar a mi madre, le insultaba, le exigía, desahogaba en ella todo mi miedo y mi rabia. Y ella siempre estaba ahí, para recogerme en cada caída.

Mis padres decidieron esperar un poco a que terminara el curso para ver si tras el verano todo cambiaba. A punto de terminar el curso mi padre me pidió que, por favor, volviera a sacar las notas que yo sacaba y dejase de suspender.

Cuarto de primaria acabó y el último día de colegio, daban en cada clase diplomas. Los tres que habían sacado mejores notas en castellano, valenciano (mi lengua natal) y matemáticas eran premiados. Aquel día yo volví a casa con tres diplomas y desde entonces no volví a suspender a propósito. Aquel verano descansamos toda la familia, olvidándonos del infierno vivido.

Verano de 1994.

 

Porqué cambié de colegio.

Llego septiembre y volvió el acoso. Hubo un día en una excursión de un grupo juvenil al que pertenecíamos casi todos los niños del colegio. Pasaron todo el día pegándome e insultándome, me tiraron por un ribazo donde quedé llena de heridas.

Aquel día llegué a casa temblando, amoratada y con el alma rota. Mis padres me cogieron en brazos y me metieron en la bañera con agua tibia para que me bajase la fiebre. Ambos destrozados de ver a su pequeña en esa situación.

Mi madre se quedó cuidándome, y mi padre salió de casa para hablar con los padres de quien me había hecho daño. Es increíble, pero uno de los padres le dijo que se buscase la vida, que la que tenía problemas era yo, y no su hija.

Ahora puedo  entender como una niña, que no debería tener maldad ninguna, tenía que maltratarme a mí. Pero no ha sido fácil llegar a verlo de esta forma. Ella necesitaba sentirse líder, querida , reconocida, seguramente buscando su sitio, buscando lo que le faltaba en su casa.

Mis padres ya no sabían que hacer, volvieron a acudir a los profesores del colegio, intentaron nuevos métodos. Incluso fueron a la policía como último recurso, pero no les escucharon.

Ellos ya no aguantaron más y al ver que no había solución decidieron cambiarme de colegio.

 

El cambio de centro.

En casa dieron muchas vueltas a la decisión para elegir el nuevo centro, y con muchos miedos y esperanzas, finalmente hicimos el cambio.

Al principio estaba ilusionada y contenta, los compañeros se interesaban por mí, me preguntaban, hablaban conmigo. Pero ese fue el problema, que una niña llegue con 11 años a mitad de curso genera mucha expectación. En una clase que está ya consolidada muchos años, y en poco tiempo me volvieron a etiquetar.

 

El año que cambié de colegio.

 

A algunos, al ser la nueva les llamaba la atención, a otros eso les enfadaba porque les había roto el esquema que tenían montado.

Para colmo al poco tiempo de entrar en el colegio teníamos que hacer un playback de una canción para un festival. Tras una prueba de baile que nos hicieron una madre me eligió como cantante. En aquel momento, como niña de 11 años a la que le encanta bailar, me puse muy contenta. Pero como es normal, a mis nuevas compañeras no les hizo nada de gracia.

 

Mi nuevo mote

Me convertí en la Puta de la clase, y así fue hasta que terminé el colegio. Nunca entendí el adjetivo, porque nunca hice nada con ningún compañero, ni con ningún chico hasta muchos años después. Conocí a mi actual pareja con 16 años y continúo junto a él. Así que no me parece nada acertado y ahora hasta me da la risa, pero en aquellos momentos era muy duro para mi.

Para gota que colma el vaso, descubrí que era muy mala en los deportes. Ahora sé que hay ciertos tipos de actividades que se me dan bien (pilates, baile…). Pero hay muchas otros para las que soy una autentica patosa. En el colegio había un equipo de baloncesto y me apunté, era la peor del equipo,  a la que sacan al final por pena. En las carreras siempre era la última, y en muchas otras pruebas, me avergonzaba mucho y lo pasaba fatal en las clases de educación física.

 

Buscando mi sitio

Me intenté acercar a los distintos grupos de la clase, hacía trabajos con unas y con otras, recuerdo días de pasarlo muy bien y reírme mucho con alguna compañera. También recuerdo sentirme muy triste de saber que lo habíamos pasado bien juntas, pero al día siguiente hablarían de nuevo mal de mí.

No sabia cómo hacerme un hueco y nunca me sentí aceptada, recuerdo incluso mentir, solo para intentar hacerme la valiente y agradar. Estaba totalmente perdida.

Cogí mucho miedo y nunca supe encajar, si sabía que me criticaban un solo día en un grupo dejaba de ir con ellas, porque no quería que me hicieran daño.

Es normal que los niños a esas edades hablen algo mal puntualmente de un amigo, si lo hacemos los mayores. Pero yo no lo sabía y no quería que me volvieran a maltratar.

En resumen, por una parte lo que mi entrada a la clase pudo desestabilizar los lazos que ya tenían mis compañeros. Y por otra emocionalmente yo estaba hecha un trapo y no sabía ni a quien acercarme, ni cómo actuar por todo el miedo que tenía. El resultado fue que  no pude sentirme bien ni formar amistades en todo el tiempo que estuve en el centro.

 

Excursión en 1ºESO (13 años)

 

Los últimos cursos cansada de los insultos termine cortándome el pelo , y vistiendo con ropa de chico. Quería pasar lo más desapercibida posible. Y así, con mucho dolor, sintiéndome un bicho raro y completamente sola, sin tener amigas del colegio acabe esa etapa.

 

Cómo haber sufrido bullying marcó mi vida.

 

Una adolescencia complicada.

Llegó otro cambio y yo ya estaba cansada de intentar defenderme tanto tiempo. Ya no sabía qué hacer. Hasta llegué a pegar a una chica que siempre me insultaba porque no podía más. La pobre pagó toda mi ira acumulada. Le rompí las gafas, le dejé los ojos amoratados, y me puse a llorar.

Los que vieron la pelea me decían que no llorara, que había ganado. Yo les decía que yo no quería hacer daño a nadie, que solo quería que me dejasen en paz. Siento mucho lo que hice y nunca lo volvería a hacer.

Conociendo a gente nueva

Por otra parte empecé a conocer a gente nueva que no sabía de mi pasado y que no me juzgaba. Cambié mi aspecto físico y empecé a arreglarme.

 

Con 15 años en unas vacaciones familiares.

 

Tuve una época muy divertida y alocada, donde conocí a grandes personas. Aunque debo decir que el desmadre que viví fue bastante grande, era mi forma de buscar sentirme bien.

Mis padres me compraron una motocicleta, y a mí me encantaba dar vueltas sin rumbo, un día con unas, otros con otras… tuve temporadas mejores y peores, pero al final no supe cuidar mis amistades. Unas veces me sentía rechazada, otras incluso fui yo la que me llegué a burlar de alguna persona del grupo para intentar buscar mi lugar.

Me enamoré por primera vez y me olvidé por un tiempo de que el resto del mundo existía.

Y con idas y venidas, conociendo a gente e intentando aprender habilidades sociales mediante prueba y error. Con las hormonas alocadas en plena pubertad pasó el tiempo. Siempre tuve mucho miedo y a la mínima sospecha de que a una persona pudiera no gustarle, o hablase mal de mi, me alejaba de ella. Ahora sé que estaba equivocada, pero en esos momentos era mi forma de protegerme.

 

La última agresión física que sufrí

Desde que abandoné mi primer colegio, algunas de las  veces de las que me crucé con mis ex-compañeras  por la calle, me agredieron verbal e incluso físicamente. La última vez que fui agredida, fue en unas fiestas de mi pueblo cuando ya  con 17 años. Dos de las chicas que de pequeña ejercieron bullying sobre mi, bajo los efectos del alcohol, me empujaron.

Yo ya me consideraba una persona madura, y al preguntarles que pasaba y pedirles que me dejasen en paz, me arrancaron un buen puñado de pelo. Me hicieron mucho daño delante de un montón de gente que miraba asombrada y me ayudaron a que me soltaran.

Para mi fue una situación surrealista y vergonzosa, iba acompañada de una amiga que no es de mi ciudad que alucinó, nos fuimos a casa, la fiesta había acabado para nosotras.

Y así, sin apenas darme cuenta, pasaron los años y me planté en Alicante para estudiar ingeniería técnica Informática.

 

La vida universitaria tampoco fue fácil.

La universidad fue una nueva oportunidad, un nuevo empezar de cero. En cada cambio, he ido aprendiendo un poco más, y estando un poco más segura. Pero algo seguía fallando y la soledad continuó acompañándome.

En mi clase apenas éramos 4 o 5 chicas ya que en las ingenierías sigue predominando el sexo masculino. Con ellas y con mis compañeros entable una buena relación, de compañerismo, pero por lo que sea, nunca llegamos a tener una amistad.

Los estudios que realicé no me gustaban especialmente, pero decidí terminar, trabajar y ver por donde me llevaba la vida.

Mis padres siempre han sido mis mayores confidentes, y eran ellos los que soportaban los fines de semana deprimida y llorando que me pasaba en casa. Ellos han estado siempre a mi lado, y siempre intentaron hacer lo posible para que me animara. Pero como ya he dicho anteriormente, han sufrido mucho por mí.

Fue una etapa en la que pasaron por mi vida muchas personas, de las cuales me he quedado con un par a las que quiero muchísimo hoy en día.  Y terminé como anteriormente, sin integrarme en ningún grupo de amigos de la universidad como el que suele tener la mayoría de gente.

 

El reto de superar la ansiedad.

Mis primeras crisis de ansiedad

A los 22 años terminé los estudios y ese mismo verano me puse a trabajar. Me mudé a Barcelona y trabajé en una empresa consultora.

A los 6 meses me trasladaron a Alicante para trabajar para la antigua CAM (Caja de ahorros del Mediterráneo). Y fue entonces cuando empecé a darme cuenta de que algo no funcionaba bien en mí.

Con mi pareja, tenía discusiones desproporcionadas, que no era capaz de gestionar. Me sentía sola y pese a que tenía muy buen trabajo, buen horario, unos compañeros geniales, empezaron mis crisis de ansiedad.

Hubo dos ocasiones en que la ansiedad traspaso mis límites y me afectaron físicamente, de forma que era incapaz de levantarme de la cama. En mi segunda baja laboral me enviaron a un psiquiatra que me recetó antidepresivos. Y fue entonces donde decidí que esa medicación no iba a solucionar mis problemas. Si no hacía algo en unos años me veía con una gran depresión que no sabía si sería capaz de superar.

 

Cómo la superé

Busqué ayuda de un psicólogo que me ayudó mucho. Con sus consejos, ejercicios y mi trabajo personal superé mi ansiedad y parte de mis miedos. Superé el pánico a cruzarme a las personas que habían ejercido bullying sobre mí, y el miedo a hablar en público. También aprendí a relajarme y gestionar mi ansiedad cuando veía que se acercaba a visitarme de nuevo.

Este fue un gran paso y gracias a ello poco después fui capaz de presentarme a unas oposiciones. Las  suspendí, pero para mí, saqué el resultado fue un sobresaliente, por ser capaz de presentar mi trabajo ante un tribunal. Unos años antes me hubiera sido imposible hablar ante 5 personas para exponer mi trabajo.

 

Trabajando en Alemania.

En el 2011, conseguí un trabajo soñado en Alemania, y allí me mudé junto a mi pareja. Al contrario que en mis relaciones interpersonales, en el terreno profesional he tenido una gran seguridad. He conseguido cada puesto de trabajo para el que me he presentado. Siempre he confiado en que sería capaz de aprender y realizar bien lo que me pidiesen.

 

Mercados navideños Alemania.

 

Fue duro el comienzo, pero allí, por primera vez, tras haber superado parte de mis miedos, me sentí querida, apreciada y a gusto con toda la gente que conocí. Con ellos podía ser yo misma sin sentirme juzgada.

Salíamos a menudo con nuestros amigos, hacíamos actividades los fines de semana, pequeñas escapadas para conocer sitios nuevos y nunca me sentí sola. Además, el sueldo que tenía me permitió realizar viajes que nunca habría podido imaginar antes. Viajar  me permitió seguir creciendo como persona.

 

La maternidad.

Mi primer embarazo

Siempre había querido ser madre joven y en 2013, con 29 años decidimos que ya lo habíamos pospuesto demasiado y que había llegado el momento de intentarlo. Tardé un año en quedarme embarazada. A finales de diciembre de 2014, cuando menos lo esperaba, llegó el día en que el test de embarazo dio positivo. A ese día, le que siguieron ocho meses de felicidad viendo los cambios de mi cuerpo. Sintiendo cómo la magia de la naturaleza permitía que mi bebe creciera dentro de mí.

Decidimos viajar a España para que él bebe naciese cerca de los nuestros. Estaríamos un tiempo y regresaríamos a Alemania al menos unos años más.

 

La llegada de Marc al mundo

El 5 de agosto de 2014 Marc llegó al mundo, y el día que yo esperaba como el más feliz de mi vida se volvió un infierno. El parto fue horroroso, me sentí maltratada, y lo peor de todo, se llevaron a mi bebe. A  diferencia de la mayoría de niños, nació completamente blanco y les pareció muy extraño. No pude tenerlo en mis brazos hasta días después.

Tras días sin saber que pasaba, encontraron el problema, el niño tenía un “agujero”, llamada fístula traqueo-esofágica. Una malformación congénita por la cual tenía comunicados tráquea y esófago. Cuando intentaba ingerir leche, ésta se iba al pulmón y se ahogaba.

A la semana de vida lo operaron, y estuvo un mes ingresado en UCI, el peor mes de mi vida. Hubo varias complicaciones que no se solucionaron hasta semanas después. En muchas ocasiones pensamos que podía quedar sin voz, o que tendría que llevar una traqueotomía toda su vida. También barajaron que tuviera un problema neurológico por el cual la musculación de la boca-garganta no coordinaba y no podría comer de forma normal.

 

La llegada de mi primer hijo.

 

Finalmente, todo se solucionó, y hoy en día Marc es un niño completamente sano y feliz. En aquel mes, nos pasó de todo por la cabeza y entre otras cosas, decidimos que saliese todo bien o mal, no íbamos a volver a Alemania. Nos quedamos sin fuerzas y necesitábamos estar cerca de nuestras familias.

 

Un nuevo comienzo

En Alemania teníamos nuestra vida establecida y nos gustaba, fue muy complicado volver, pero en esos momentos pensamos que era lo mejor.

Nos plantamos en Ontinyent, nuestra pequeña ciudad natal, con nuestro bebe, sin trabajo y pensando que hacer para buscarnos la vida. Aterrizamos en medio de una crisis donde muchísima gente estaba parada. Al ver el panorama laboral, decidimos invertir todos nuestros ahorros en un pequeño negocio, del cual  se encargaría David.

Desde entonces hasta ahora han sido los cuatro años más intensos de mi vida, donde más cambios y contratiempos me han pasado.

 

El nacimiento de Àlex.

Cuando Marc tenía 20 meses, Àlex vino al mundo para completar nuestra familia. Esta vez, los meses de embarazo fueron muy duros, porque coincidió con una enfermedad grave de mi madre.

Sin embargo, la vida me dio una tregua permitiendo que mi madre superase el cáncer y acabase el tratamiento justo un mes antes de dar a luz. Esta vez tuve un parto digno de documental, largo pero precioso. En él pude conectar con todo mi ser, y toda mi energía interior como nunca antes había hecho, fue maravilloso.

Nada más nació lo tomé entre mis brazos, era tan mio… y en pocos minutos ya estaba agarrado a mi pecho. Lo cogí en brazos y no quería que nadie lo separara de mi.

 

Mi gran crisis.

Yo siempre he llevado el control en casa, por mi espíritu de luchadora y porque tenía necesidad de controlar todo por miedo al dolor en caso de fallo. Las cosas de casa, las vacaciones, el dinero, los tramites que tuviéramos que realizar… ¡Todo controlado por mí!

Sí una tarde tenía un plan y algo se torcía me daba mucha rabia el no poder hacer lo previsto y era fácil que en casa hubiera una discusión.

Además, mis miedos al relacionarme con otras personas continuaban. Me di cuenta que había personas que me hacían sentir inferior y que siempre me hacían dudar. Noches sin dormir después de conversar con alguien. Entraba en bucles mentales pensando que tendría que haber dicho y que no. Siempre con miedo a lo que pensaran los otros sobre mí, miedo al rechazo.

De nuevo las discusiones en pareja se hicieron insoportables, yo estaba sobrepasada. Y llego un día, en el que ya no pude más. Llegué a lo más hondo que podía llegar, de nuevo no sabía cómo solucionar mis problemas.

Tenía una familia maravillosa, a mis dos hijos a los que adoro, un buen trabajo… Y una vez más, no conseguía ser feliz. Y no solo no era feliz, si no que me quedé sin fuerzas. No me veía capaz de seguir ni un solo día. Solo tenía dos opciones: renacer, o morir.

 

El despertar.

Aquel mismo día decidí que sola no iba a poder recomponer mi vida, así que llamé a Carmen Boix. Ella es mi guía en todo mi proceso de autoconocimiento y desarrollo personal. Y le estoy completamente agradecida.

Y empezó mi despertar, mi camino hacia la libertad, y hacia lo que soy hoy en día. De cómo viví esta parte os hablaré detenidamente en un próximo post.

Ahora soy consciente que tanto el acosó que sufrí, como lo que me hizo que fuese una víctima perfecta, me acompañó durante 32 años de mi vida. Sé que habrá miles de chicas como yo, que estarán viviendo una vida infeliz y sufriendo dolor. Y puede que ni siquiera sean conscientes de que, la causa es el daño causado por el acoso que sufrieron.

Tengo suerte de ser una persona luchadora e inconformista, y siempre he tenido claro que es posible ser feliz, y buscaba la forma de conseguirlo. Pero también sé que hay muchas personas que les cuesta comunicar. Personas que viven se protegen encerrándose en ellas mismas y que dudan mucho para dar el paso y pedir ayuda.

Por eso, desde esta “pequeña” web que considero mi casa, quiero hacerte llegar  mi historia. Quiero  animarte a que pidas ayuda y a que empieces tu propio cambio. Ha llegado el momento de tu revolución, para que puedas sentirte libre, segura y vivir en plenitud.

¡Que para eso has venido al mundo!

Y AHORA TE TOCA A TI

¿Te sientes identificada con mi historia?¿has vivido algo parecido? ¿en qué punto te encuentras? cuéntame cómo lo has vivido, pregúntame lo que te apetezca, te espero en los comentarios.

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